Lo que estamos viendo en distintas ciudades de Europa no debería leerse solamente como una ola de protestas juveniles. Es una señal de algo más profundo: una generación que empieza a perder la confianza en la promesa de que mañana vivirá mejor que hoy.

En Francia, España, Portugal, Bélgica, Italia y Albania miles de jóvenes han salido a las calles por razones diferentes, pero con preocupaciones que se repiten: el costo de vivir, la vivienda, la educación, los empleos, los servicios públicos y, sobre todo, la sensación de que las oportunidades se están cerrando.

No es un movimiento único. No hay una organización central ni una ideología común. Pero sí existe un sentimiento compartido: el futuro parece menos accesible.

En Portugal y España, el problema de la vivienda se ha convertido en una barrera para la independencia de los jóvenes. En Francia, las protestas comenzaron alrededor de la educación y se ampliaron hacia el costo de vida y los servicios públicos. En Bélgica, los estudiantes cuestionan cambios que encarecen o dificultan el acceso a la educación. E Italia es otro caso dentro de este fenómeno, con movilizaciones relacionadas con educación y costo de vida.

Y aquí está lo importante: no debemos confundir el legítimo derecho a protestar con la violencia. Las manifestaciones pueden ser una expresión saludable de una democracia. Pero cuando el malestar se acumula y las instituciones no encuentran mecanismos eficaces para procesarlo, el conflicto puede escalar.

La pregunta entonces deja de ser solamente qué están protestando los jóvenes. La pregunta es por qué sienten que la calle es más efectiva que las instituciones para ser escuchados.

Y esto también importa en México. No porque debamos esperar una repetición de lo que ocurre en Europa. Nuestra realidad es distinta.

Pero tenemos problemas que sí pueden alimentar ese mismo sentimiento: acceso a vivienda, empleos de mayor calidad, movilidad social, educación pertinente, seguridad y confianza institucional.

La OCDE reporta que la confianza en el gobierno federal mexicano se mantuvo prácticamente estable entre 2023 y 2025, en 53%. Pero estabilidad no significa que podamos ignorar las expectativas de las nuevas generaciones.

Una sociedad no tiene un problema porque sus jóvenes protesten. Tiene un problema cuando sus jóvenes dejan de creer que participar sirve para cambiar las cosas.

Por eso, más que preguntarnos cómo evitar que los jóvenes salgan a las calles, deberíamos preguntarnos: ¿Estamos construyendo un país en el que los jóvenes quieran vivir, trabajar, formar una familia y construir su futuro?

Porque el verdadero desafío no es contener a una generación inconforme. Es darle razones para confiar en el futuro.

 

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