Este domingo 06 de junio viviremos la elección más grande de la historia de nuestro país, donde estarán en juego 20,415 cargos de representación popular, sobresaliendo la integración de la totalidad de la Cámara de Diputados, el espacio más disputado por su importancia estratégica para la creación de legislación y definición y control del presupuesto federal; y la renovación de 15 gubernaturas, lo cual determina el dominio territorial y presupuestos de poco menos de la mitad del país.

Participan 10 partidos políticos nacionales por dichos cargos y se registraron 125,324 candidatos en el proceso electoral.

Tratando de identificar las características propias del actual proceso, de entrada es probable que sea el más violento de la historia por la cantidad de candidatos asesinados y amenazados por la delincuencia común o la delincuencia organizada. Un visible riesgo para nuestra democracia. Además, destaca el ataque, descalificación y amenaza a las autoridades electorales.

Desde mi humilde punto de vista, esta campaña electoral la ganó el presidente de la república, quien estableció los términos de referencia de la competencia y se convirtió en el centro de atención. El presidente dejó en claro que esta elección es un referéndum entre quienes están de acuerdo con su propuesta de cambio de régimen denominado la Cuarta Transformación (4T) y quienes no lo están. Dominó la agenda del debate nacional e incluso local, como el caso de la elección a gobernador de Nuevo León.

Y aunque no aparecerá en las boletas electorales, ha dejado en claro que la decisión del domingo tiene que ver con su liderazgo al frente de la transformación del país.

Este protagonismo del presidente, lo apuntaló gran parte de los spots de los partidos de oposición que se dedicaron a criticar las acciones del gobierno federal, de Morena y del presidente, olvidándose prácticamente de proponer una alternativa de proyecto de gobierno. Y ante las limitaciones para explicar la alianza Va por México entre el PRI, el PAN y el PRD, le facilitaron la labor a sus detractores descalificándolos como el viejo PRIAN que solo busca regresar al gobierno para recuperar sus privilegios a través de practicar sus vicios ligados a la corrupción, la impunidad y la desigualdad.

Los partidos políticos todos, incluyendo a Morena, quedaron exhibidos como incapaces de cambiar y entender a un electorado harto de lo mismo y dieron muestras de la baja calidad de sus liderazgos, cuadros y de sus escasas capacidades para debatir el presente y futuro del país. Ello contribuyó a que la ciudadanía se desconectara del proceso electoral, ya de por si abrumada por la pandemia, sus consecuencias económicas y la gran incertidumbre sobre el futuro.

Frente a este escenario, ¿qué se espera que suceda después de la elección? Creo que vendrá la pelea de los partidos políticos y del propio presidente por los resultados cuando les sean adversos, las acusaciones de todo tipo, la polarización, la desinformación y la continuación de la demolición de las instituciones electorales. Y, claro, el anuncio de una nueva reforma electoral.

Es muy probable que varios resultados de las elecciones a gobernador y presidencias municipales terminen en tribunales.

De lo que estoy convencido es que el presidente, un animal político astuto y previsor, iniciará su estrategia con miras al proceso de revocación de mandato del próximo año, donde si será protagonista y le permitirá terminar su gestión con claras ventajas electorales y un indiscutible liderazgo político. Lo único que puede complicarle el mapa de ruta presidencial serían que las ambiciones y los conflictos internos se salieran de cauce en su partido y en su equipo de gobierno; y el desbordamiento de la polarización del país.

Y, por supuesto, el comportamiento del país vecino del norte. No hay desperdicio en la visita el día 07 de junio de la vicepresidenta de Estados Unidos, Kamala Harris. Recordemos que en política no hay casualidades.

 

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