Vivimos momentos donde los gobiernos han ido perdiendo la confianza de sus ciudadanos por los cada vez más escasos resultados y sus crecientes y elevados costos de diferente tipo.

En el mundo entero crece la insatisfacción de los ciudadanos, que sienten que aportan mucho vía impuestos, pagos de servicios y el depósito de su confianza; frente a gobiernos que cada vez ofrecen servicios básicos más deficientes, toman malas decisiones por incapacidad, por intereses de quienes los presiden o sesgos ideológicos o políticos.

Hemos llegado a casos muy complejos, como el de la seguridad y la justicia, donde los gobiernos han quedado lejos de ser la solución para convertirse ahora en el problema.

Los gobiernos actuales reflejan limitaciones y características que les impiden satisfacer a sus ciudadanos, que cada día son más demandantes, exigentes y críticos al tener acceso a más información y estar conectados entre sí para compartir con otros iguales información y sus puntos de vista. Entre las limitaciones de los actuales gobiernos, destacan:

  • Modelos administrativos rebasados frente a una realidad cambiante y cada vez más compleja. En la medida que crece el acceso a la información de parte del ciudadano, este se vuelve más crítico y exigente, actuando en consecuencia. Internet y las redes sociales han proporcionado al ciudadano información que se está convirtiendo en poder y lo están ejerciendo.
  • Intereses de quienes presiden los gobiernos. Estos provocan que las decisiones obedezcan a objetivos privados y no necesariamente al interés colectivo. Estamos hablando de los crecientes fenómenos de diferentes tipos de corrupción que desvían los limitados recursos públicos para enfrentar un aumento constante de demandas ciudadanas.
  • Sesgos ideológicos o políticos de los liderazgos públicos. Estas diferencias dominan sus decisiones relacionadas con el gasto público y la creación de riqueza y su distribución.

Frente a este escenario, ¿qué alternativas tenemos? Una de ellas es aprovechar los beneficios de los avances tecnológicos, y desarrollar opciones de gobiernos basados en la inteligencia, usando para ello la gran cantidad de datos disponibles, el aprendizaje profundo automático y la inteligencia artificial para su correcta explotación (https://bit.ly/3xO3v1w).

Ello es posible porque ante el creciente uso de la tecnología por el ser humano en su vida diaria y pública, se producen enormes cantidades de datos útiles de sus comportamientos, necesidades, hábitos, preferencias, movimientos y demás. Y el otro elemento es el poder creciente del aprendizaje profundo automático y la inteligencia artificial que nos permite darle sentido y utilidad a los datos, incluyendo la anticipación y la predicción.

Así, podríamos eliminar los intereses y los sesgos de los tomadores públicos de decisiones y reemplazarlos por algoritmos de inteligencia artificial para la toma de decisiones públicas óptimas y objetivas. Por ejemplo, dónde y qué tipo de carreteras se requieren construir, cómo desarrollar y estructurar los servicios de salud para atender con mayor oportunidad y efectividad a los usuarios, cómo manejar una pandemia o la vacunación, cómo planear el desarrollo urbano y los servicios públicos.

Si bien existe la dificultad para incorporar a los algoritmos aspectos relacionados con temas de sensibilidad social y derechos, sin lugar a dudas el uso de sistemas inteligentes en la toma de decisiones públicas nos ayudaría a darle mayor orden y sentido racional al quehacer gubernamental, frente a la escasez de recursos públicos, el crecimiento de las demandas de los ciudadanos, los peligros de la corrupción y las nuevas complejidades de una sociedad más diversa, plural y exigente.

Ante las escasas propuestas de los políticos a los desafíos pasados y nuevos de la realidad pública, debemos de empezar a optar por opciones más inteligentes y objetivas. Ya veremos que sucede.

 

 

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