Hay un dato sobre los jóvenes mexicanos que me parece particularmente preocupante: casi cuatro de cada diez dicen que, en ocasiones, sienten que no encuentran su lugar.
No estamos hablando solamente de inconformidad con la política o de jóvenes desinteresados.
El estudio Jóvenes en México 2026, de la Fundación SM, identifica algo que denomina “desafiliación juvenil”: el distanciamiento de los espacios que tradicionalmente nos daban pertenencia, apoyo y oportunidades: la escuela, el trabajo, la familia y las relaciones personales.
Fundación SM es una organización educativa de origen español con décadas de trayectoria y más de 30 años estudiando a las juventudes iberoamericanas. La investigación se basa en una encuesta presencial a 1,200 jóvenes de 15 a 29 años, representativa de una población estimada en 32.7 millones, con 95% de confianza y un margen máximo de error de más-menos cuatro puntos.
Ahora, ¿por qué me parece importante hablar de desafiliación?
Porque 38.7% dice que en ocasiones “no se halla en ningún lugar”. Entre los jóvenes de 25 a 29 años la cifra llega a 42.3%. Y entre las mujeres alcanza 42.4%.
Pero aquí aparece una enorme contradicción: no parece ser una generación que haya perdido sus aspiraciones.
Casi ocho de cada diez quieren continuar estudiando. Y entre quienes dejaron la escuela, 62.4% lo hizo por causas externas, principalmente porque tuvieron que trabajar o porque no tenían suficientes recursos.
Con el empleo ocurre algo parecido. 39.6% trabaja y otro 12.8% estudia y trabaja. El problema no parece ser simplemente que no quieran trabajar, sino las condiciones en las que lo hacen: 58.8% de los jóvenes ocupados está en la informalidad.Y después aparece la política. 76.6% tiene poca o ninguna confianza en los partidos políticos; 72.3% en el Congreso y 63.9% en el Gobierno. Solamente 15.7% considera que tiene una alta capacidad para influir en las decisiones gubernamentales.
Pero aquí hay otra diferencia importante: desconfiar de las instituciones no significa necesariamente desentenderse de la sociedad.
Solo 1.3% pertenece a un partido político, pero los jóvenes participan en organizaciones deportivas, culturales, educativas y religiosas, firman peticiones y participan en manifestaciones.
No necesariamente están dejando de participar. Están buscando otros lugares para hacerlo.
Y esto cambia la discusión. Durante años hemos hablado de los jóvenes como un problema de empleo, educación, redes sociales o participación política.
Quizá estamos viendo las partes y no el fenómeno completo.
Podríamos estar frente a jóvenes que conservan aspiraciones individuales, pero que encuentran cada vez más dificultades para sentirse parte de las instituciones tradicionales.
Y eso debería preocuparnos.
Porque una sociedad necesita algo más que jóvenes estudiando o trabajando. Necesita jóvenes que sientan que pertenecen, que pueden progresar y que tienen alguna capacidad para influir en el lugar donde viven.
Por eso yo no preguntaría qué les pasa a los jóvenes.
Preguntaría algo más incómodo: ¿Qué está pasando con nuestras instituciones para que tantos jóvenes sientan que no encuentran su lugar?
Y, sobre todo: ¿qué podemos hacer para reconstruir esos vínculos?
Tres cosas parecen prioritarias: facilitar que puedan permanecer estudiando; mejorar su acceso a empleos formales y con posibilidades de crecimiento; y crear espacios reales de participación donde puedan comprobar que involucrarse sirve para algo.
Porque quizá el problema más serio no sea que los jóvenes se estén alejando de las instituciones.
Es que nuestras instituciones estén dejando de ser lugares en los que los jóvenes quieran estar.



















