México está a punto de lograr algo que ningún otro país ha conseguido: ser sede de tres Copas del Mundo. Y eso, sin duda, es motivo de orgullo. Pero más allá del futbol, el Mundial 2026 será un examen sobre la capacidad de organización del Estado mexicano.

Porque el verdadero desafío no está dentro de los estadios. Está afuera.

Durante años, las tres sedes mexicanas —Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey— anunciaron inversiones millonarias en movilidad, infraestructura urbana y transporte público. Tan sólo el Gobierno Federal destinó entre mil 500 y 2 mil millones de pesos para apoyar obras estratégicas en las tres ciudades.

Hay avances importantes. Se modernizan aeropuertos, sistemas de transporte y entornos urbanos. La Ciudad de México impulsa obras de movilidad por más de cinco mil millones de pesos; Guadalajara y Monterrey aceleraron proyectos para mejorar accesos, conectividad y transporte masivo.

Pero también hay una realidad difícil de ignorar: muchas de estas obras llegan al límite del calendario.

De hecho, algunas autoridades ya pidieron home office, clases a distancia y restricciones de movilidad para evitar saturaciones durante los partidos.

Y aquí aparece la pregunta de fondo: ¿Por qué un país que tuvo años para prepararse sigue operando contra reloj?

El segundo desafío es social.

México llega al Mundial en medio de protestas frecuentes, bloqueos, demandas sindicales, conflictos laborales y movilizaciones ciudadanas. Todas son legítimas en una democracia. El problema es que el Mundial multiplicará la visibilidad de cualquier conflicto local.

Un bloqueo en Reforma, una protesta en el Centro Histórico o un colapso en los accesos a un estadio dejarían de ser noticias nacionales para convertirse en imágenes globales.

Sin embargo, sería injusto caer en el pesimismo. México ha demostrado una y otra vez una enorme capacidad para organizar eventos internacionales complejos. Lo hizo en 1968, en 1970, en 1986 y en innumerables eventos masivos posteriores.

Por eso el Mundial representa una oportunidad extraordinaria. No para demostrar que tenemos estadios modernos. Sino para demostrar que podemos coordinar gobiernos, transporte, seguridad y servicios públicos con eficiencia.

Porque cuando el primer silbatazo se escuche en el Estadio Ciudad de México, el mundo no sólo estará observando un partido de futbol.

Estará observando qué tan preparado está México para cumplir las promesas que se hace a sí mismo.

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