Las economías del siglo XXI ya no compiten únicamente por atraer inversión; compiten por garantizar energía confiable. En ese terreno, Sonora enfrenta un riesgo que trasciende los apagones recientes: la posibilidad de que la infraestructura eléctrica se convierta en el principal obstáculo para aprovechar la mayor oportunidad de desarrollo industrial de su historia.
La falla registrada el 25 de junio fue una advertencia. Miles de familias permanecieron más de 26 horas sin electricidad; decenas de colonias perdieron el suministro de agua potable por la suspensión del bombeo; hubo pérdidas de alimentos, medicamentos y electrodomésticos, mientras la inconformidad ciudadana derivó incluso en el bloqueo de la carretera federal México 15. Lo ocurrido evidenció que, en una región donde las temperaturas alcanzan los 48°C, la electricidad dejó de ser un servicio público para convertirse en infraestructura crítica para la salud, la seguridad y la estabilidad social.
Pero el verdadero problema no es un apagón. Es la tendencia.
Durante los últimos años, la demanda nacional de electricidad creció alrededor de 2% anual, mientras la capacidad de generación aumentó apenas 0.6% y la infraestructura de transmisión solo 0.1%. La brecha entre el crecimiento económico y la expansión del sistema eléctrico se ha ampliado de manera sostenida. El resultado es una red que opera con márgenes cada vez más estrechos frente a olas de calor, crecimiento urbano e industrial y fenómenos climáticos extremos.
Los indicadores oficiales reflejan ese deterioro. Al cierre de 2025, el tiempo promedio de interrupciones del servicio (SAIDI) aumentó 42.3%, mientras que la frecuencia de las fallas (SAIFI) se incrementó 205.3% respecto al año previo. No se trata únicamente de apagones más largos; también son más frecuentes.
La paradoja es evidente. México busca consolidarse como destino del nearshoring, impulsar la electromovilidad, atraer centros de datos y ampliar la manufactura avanzada, actividades intensivas en consumo eléctrico. Sin embargo, la demanda máxima del sistema ya ronda los 54 mil megawatts durante el verano, presionando una infraestructura que no ha crecido al mismo ritmo que la economía.
La Comisión Federal de Electricidad ha anunciado nuevas inversiones y proyectos para fortalecer la red, además de equipos de estabilización en subestaciones estratégicas del noroeste. Son decisiones necesarias, pero insuficientes para revertir un rezago acumulado durante años. Modernizar un sistema eléctrico requiere inversiones sostenidas en generación, transmisión y distribución, así como una planeación que anticipe el crecimiento industrial, no que reaccione cuando ocurren las crisis.
Las grandes transformaciones económicas suelen fracasar por cuellos de botella invisibles. En el caso de Sonora, ese cuello de botella puede ser la electricidad. Si el país no acelera la expansión y modernización de su infraestructura energética, el costo no será únicamente enfrentar más apagones durante el verano. Será perder inversiones, limitar la competitividad del noroeste y desaprovechar una oportunidad histórica para convertir a la región en uno de los principales motores del desarrollo económico de México.















