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El PRI ya tiene hombre. José Antonio Meade Kuribreña (JAMK), un funcionario que ha pasado por varias secretarías de Estado, un hombre con una formación académica de élite, un personaje sin acusaciones de corrupción. Aúnado a lo anterior, de carácter sencillo y una gran capacidad para dialogar y construir acuerdos con todo tipo de actores y sectores.

Lo escuché con atención en el marco de una entrevista radiofónica, se escucha articulado, su discurso es cuidadoso, convoca al diálogo y la conciliación, aunque soltó ya sus primeros misiles contra Morena y el Frente Ciudadano por México, acusando al primero de estar encabezado por una persona cerrada y autoritaria, y al segundo de ser ciudadano sólo en el nombre.

Peña Nieto mostró un enorme pragmatismo y visión política al escoger a un externo a su partido que garantiza condiciones de competitividad.

Su decisión se reveló como acertada. De un muy bajo nivel de conocimiento y aceptación, JAMK se montó inmediatamente al tercer lugar en la intención de voto de acuerdo a la encuesta del periódico Reforma del 30 de noviembre con 17%, casi empatado con Ricardo Anaya (19%), pero a una distancia considerable de López Obrador que concentra el 31% del voto probable para la elección presidencial de 2018.

Sin embargo, no deja de haber una cierta sensación de derrota al interior del PRI: Meade es un outsider, no es de los suyos, no es un hombre forjado en la militancia y la cultura priísta repleta de códigos y lealtades, no tiene el ADN del tricolor. Puede ser decepcionante para los sectores más duros del PRI que el Presidente haya tenido que voltear la mirada hacia fuera, para buscar un candidato con mejores credenciales ante la ausencia de cuadros priístas en su gabinete que no estuvieran marcados por la ineficacia o la corrupción.

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Los priístas, de acuerdo a los sondeos previos, se inclinaban por Miguel Ángel Osorio Chong, militante probado, exdiputado federal, exgobernador, pero señalado recientemente por el otorgamiento de oscuros contratos de obra pública a amigos cercanos cuando estuvo al frente del estado de Hidalgo. Como Secretario de Gobernación, además, carga con el duro fardo del incremento desmedido de la inseguridad en el país. 2017, donde se acumulan ya más de 21 mil homicidios, pasará a la historia como el más violento de los últimos 20 años.

La forma en la que se eligió a JAMK, desde la soledad de Los Pinos, nos recordó, por otro lado, que “el dinosaurio todavía está ahi”, que el PRI sigue siendo absolutamente refractario a la modernidad, que prevalece la figura del dedazo. No medió proceso de consulta alguna ni a los sectores ni a las bases militantes. El PRI mostró su lado más arcaico.

No obstante, se mostró la férrea disciplina que distingue a este partido, única en el sistema político mexicano. No hemos escuchado voces discordantes, los militantes, los más

ortodoxos, también los más abiertos y liberales, se plegaron sin chistar a la decisión de Peña Nieto. El PRI es una eficiente máquina de acceso a prebendas, presupuestos públicos y poder político ante la cual, lo más conveniente, es mostrar fidelidad y obediencia, lo contrario se castiga  con la exclusión de su red de privilegios.

Lo he señalado en anteriores colaboraciones: el candidato cuenta con muchos activos, pero la marca PRI está muy devaluada. Según una encuesta de Buendía & Laredo, 65% de los entrevistados declaró que nunca votaría por este partido; para más de la mitad, el peor escenario para 2018 sería un triunfo del PRI. Por otra parte, aunque la popularidad del Peña Nieto se ha recuperado en el último semestre, el balance de su gobierno sigue siendo negativo.

La posibilidad de una candidatura exitosa de JAMK depende, al menos, de dos temas:
tomar distancia del PRI corrupto y corruptor, y evitar que el Presidente lo asfixie poniendo
al frente de su campaña a uno de los suyos y alrededor a sus incondicionales.

Meade se tendrá que mover en medio de un frágil equilibrio entre la propuesta innovadora que espera la sociedad mexicana en materia de combate a la corrupción, inseguridad, abatimiento de la pobreza y desarrollo económico incluyente, y las inercias propias de un
anclado en el pasado que se niega a tomar la ruta de la transparencia y abrir su agenda a los ciudadanos. ¿Qué pesará más, el hombre o el  aparato? ¿De qué tanta autonomía gozará Meade para proponer algo distinto y mejor a lo construido por el PRI? Frente al monolitismo de López Obrador, su reiteración conceptual, su narrativa sobre la “mafia del poder”, la incursión de las candidaturas de Meade y Ricardo Anaya podría inyectarles aire fresco a las campañas y abrir un espacio para discutir seriamente los grandes temas del país y las soluciones audaces y de fondo que urgentemente se requieren.

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