Deterioro de la política

Nuestros políticos parecen no darse cuenta que el desencanto con la democracia y el mal humor social han permitido que se cuelen el populismo y la demagogia.
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Cuando esta colaboración llegue a sus manos, estimado lector, habremos concluido los accidentados comicios del 5 de junio en 14 entidades de la República. Creo que no estaré especulando si adelanto algunos de los hechos con los que estaremos despertando el lunes 6 de junio: abstencionismo; resultados cerrados en algunas entidades que, seguramente, llevarán a la judicialización y al conteo voto por voto y casilla por casilla; el colapso del PRD como fuerza política y la consolidación de Morena como un actor competitivo más allá del Distrito Federal.

Los ciudadanos nos estaremos preguntando: ¿De qué sirvió invertir tanto dinero en campañas francamente insulsas, alejadas de los temas que más preocupan a los ciudadanos? ¿Qué sentido tiene un carísimo aparato como el Instituto Nacional Electoral, incapaz de regular los comicios y garantizar la prevalencia de la legalidad? ¿Hacia dónde se encamina nuestra democracia? ¿Qué papel debemos jugar los ciudadanos en la construcción de un sistema político más eficiente y representativo de nuestros intereses y anhelos?

El propio Secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, en un gesto inusitado de franqueza, ha señalado que “la campaña electoral 2016 ha sido la más despiadada de todas” y que “la guerra de acusaciones entre candidatos inhibe la participación, provoca hartazgo y enojo entre los votantes y los aleja del sistema político”.

No podría estar más de acuerdo con el encargado de la política interna del país: estamos en la ruta de un imparable envilecimiento de nuestra vida política, que se hace más evidente en las elecciones como momento estelar de la disputa por el poder.

Estos meses fuimos testigos de un proceso de competencia política donde imperó la guerra sucia entre los candidatos: acusaciones de infiltración del narcotráfico, espionaje telefónico, exhibición de fortunas inexplicables, además del tradicional uso ilegal de recursos públicos y la compra de votos a cambio de apoyos sociales gubernamentales. Fue un lodazal. Por cierto, muy contados aspirantes a cargos de elección popular hicieron pública su declaración 3 de 3 (fiscal, patrimonial y de conflicto de intereses), en una muestra de desdén hacia la exigencia social de mayor transparencia y rendición de cuentas.

México ha emprendido un largo y complejo proceso de reformas para fortalecer su vida democrática. Sin embargo, lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer. Hemos construido una democracia que no sirve para resolver nuestros grandes dilemas: el desarrollo económico, la generación de empleos, la seguridad, el imperio de la legalidad, el abatimiento de la pobreza y la reducción de las ofensivas brechas de desigualdad que dividen a los mexicanos.

Hemos construido una democracia sin actores democráticos, con partidos políticos más empeñados en ampliar sus cuotas de poder y manejar un volumen creciente de dinero que en representar a los ciudadanos; y con actores que no tienen el más mínimo interés en dignificar la política, en dotarla de nobleza y recuperar su capacidad para transformar lo público.

Un ejemplo del costo político que tiene la incapacidad de estos actores para atender el clima de descomposición, la ineficacia de nuestras instituciones, pero sobre todo la extendida corrupción, es el ascenso de la antipolítica, del discurso anti sistémico.

Nuestros políticos parecen no darse cuenta que el desencanto con la democracia, la frustración y el mal humor social han permitido que se cuelen por la puerta de atrás el populismo y la demagogia.

Mientras seguimos empantanados en la opacidad de las campañas, en la lucha por el poder sin valores ni principios, en la simulación, en nuestra crónica incapacidad para instrumentar una política innovadora, inteligente que enriquezca el quehacer del gobierno y legitime a la democracia y sus actores institucionales, gana terreno una propuesta política demagógica y confrontacional que ya mostró su rostro en Venezuela, en Grecia, en el México de los gobiernos de López Portillo y Echeverría.

¿Qué estamos esperando para construir una alternativa diferente, TODOS, ciudadanos, gobiernos y partidos? Ya es hora.

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