La confrontación entre Donald Trump y la presidenta Claudia Sheinbaum en torno al narcotráfico ya no es sólo un desacuerdo diplomático. Es una batalla narrativa para definir quién carga con la responsabilidad principal de una crisis que golpea a ambos países y que tiene efectos regionales. Trump insiste en presentar a México como el epicentro del “narcoterrorismo” que amenaza la seguridad de Estados Unidos y del hemisferio.

Sheinbaum responde que esa violencia no puede entenderse sin dos factores decisivos del lado estadounidense: el consumo de drogas y el tráfico ilegal de armas hacia México. Ambas narrativas tienen elementos reales, pero también responden a necesidades políticas internas.

Trump apuesta por una fórmula eficaz en términos electorales: externalizar la amenaza. Su mensaje es simple, emocional y fácil de comunicar: el problema está fuera de Estados Unidos y debe enfrentarse con fuerza. En días recientes, funcionarios de la Casa Blanca, junto con mandos del Comando Sur de los Estados Unidos y del Departamento de Defensa de los Estados Unidos, endurecieron el lenguaje y defendieron una visión más militarizada del combate a los cárteles. Esa narrativa le permite a Trump reforzar su imagen de mando, conectar con su base política y justificar mayores exigencias hacia México.

La narrativa de Sheinbaum parte de una idea distinta: la crisis es binacional y no puede reducirse a una acusación unilateral. Y en eso tiene base. La Oficina de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos, agencia del Departamento de Justicia de los Estados Unidos, reporta en su información oficial sobre México que una mayoría de las armas recuperadas en territorio mexicano y sometidas a rastreo entre 2019 y 2024 tuvieron origen en ventas realizadas en Estados Unidos.

Al mismo tiempo, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, dependientes del Departamento de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos, mantienen que la crisis de sobredosis sigue siendo un problema severo, aunque con descensos recientes frente a años previos. En 2024 todavía se registraron 79,384 muertes por sobredosis en Estados Unidos.

El problema para México es que tener razón en parte no equivale a tener una defensa narrativa suficiente. La postura de Sheinbaum es correcta al subrayar la corresponsabilidad y al defender la soberanía nacional. Sin embargo, corre el riesgo de ser percibida como una respuesta reactiva si no se acompaña de resultados visibles y sostenidos dentro del propio territorio mexicano. Decir que Estados Unidos consume drogas y exporta armas es cierto; pero eso no neutraliza por completo la acusación de que el Estado mexicano sigue enfrentando dificultades para contener a las organizaciones criminales.

¿Qué puede esperarse hacia adelante? No parece probable una ruptura inmediata, pero sí una etapa de presión creciente. Washington probablemente seguirá endureciendo el lenguaje, buscando ampliar la cooperación en seguridad bajo términos más agresivos y vinculando este tema con otros frentes de la relación bilateral. Del lado mexicano, Sheinbaum seguirá defendiendo la soberanía, como ya ocurrió cuando rechazó públicamente una oferta de Trump para enviar tropas estadounidenses a México.

En síntesis, Trump ofrece una narrativa más simple y políticamente rentable: el enemigo está afuera. Sheinbaum ofrece una narrativa más completa y más cercana a la realidad: el problema es compartido. Pero en política internacional no basta con tener el diagnóstico más preciso. También hay que imponer un relato propio con claridad, firmeza y resultados. Ahí está hoy el gran desafío de México.

 

 

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