El actual presidente de Estados Unidos, Joe Biden, declaró, después de enterarse de la negativa de llevar a juicio político al ex presidente Trump por su incitación a la violencia en la fallida toma del Capitolio, que la “democracia es frágil”. Y tiene mucha razón.

Estamos en un momento muy complejo, asediados por profesionales de la conquista del poder que están dispuestos a todo. Para ello utilizan desde la insatisfacción por los resultados del sistema democrático hasta la manipulación de las emociones, la neurolingüística y las plataformas sociales.

Hace algunos meses referíamos a Yascha Mounk, que en su libro “El pueblo contra la democracia” afirma que “hay años vertiginosos en los que todo cambia de repente. Los advenedizos toman la escena política. Los votantes claman por unas políticas que eran impensables apenas unos días antes. Tensiones sociales que llevaban mucho tiempo bullendo bajo la superficie, entran en explosiva y terrorífica erupción. Un sistema de gobierno que daba la impresión de ser inmutable parece de pronto estar a punto de descomponerse”. Hoy estamos inmersos en ese túnel.

Quienes han aprovechado este momento, han sido los nuevos populistas, de izquierda y de derecha, a través de un modelo que han refinado para conquistar el poder, pero que está ocasionando graves y profundas consecuencias en la sustentabilidad de los sistemas democráticos.

Han capitalizado la creciente frustración por la falta resultados para todos y la desigualdad provocada por la globalización que ha concentrado los beneficios en pocos, para ofrecer futuros mejores pero irreales. Para ello, han creado un modelo basado en premisas que les han brindado éxito en la conquista y conservación del poder. Aquí algunas de sus características:

  • Polarizar: crear dos bandos opuestos e irreconciliables que se disputan el poder. Son los buenos y los malos, los héroes y los villanos, los opresores y los oprimidos. Todo ello a través de una simplificada narrativa que lo hace más sencillo de comunicar.
  • Ser el redentor: presentarse como el líder bueno y honesto que viene a salvar al pueblo de su mala situación y acabar con el enemigo que lo oprime o que representa un riesgo para sus intereses.
  • Usar una retórica intensa y de elevada densidad: ocupar la agenda pública y llenar con cantidad todos los espacios de comunicación para implantar los temas de su interés. Achicar o eliminar espacios para discutir la realidad.
  • Usar símbolos: ante la dificultad de dar los resultados prometidos, apoyarse en símbolos que refuerzan la credibilidad de las promesas a cumplir. Usar símbolos de honestidad, humildad, cercanía con el pueblo, de justicia, de logros económicos, de combate a la corrupción.
  • Confrontar para definir: obligar a que haya dos bloques y a definirse. Atacar a los medios de comunicación que critican como enemigos del pueblo y de los cambios, y descalificarlos como los defensores del pasado, sus errores y privilegios.

Para incrementar la eficacia del nuevo discurso populista, hay que agregarle elementos valiosos de enfoque: usar la emocionalidad para conectar, crear narrativas simples, sencillas, cotidianas, que simplifiquen la realidad, aunque no sean racionales, o se basen en mentiras a medias o mentiras completas; ser consistente en el uso del discurso y sus principales conceptos y mensajes; y alinear el discurso a las características personales del ejercicio público del poder del líder.

También se empiezan a vislumbrar técnicas muy efectivas para distraer en caso de crisis o momentos difíciles: polemizar y confrontar usando datos distintos, acusando a quienes ejercieron el poder en el pasado o desvirtuando al opositor en los personal y no en sus planteamientos; incorporar temas polémicos en la agenda pública que sature el debate; o distraer con errores o polémicas que pueden convertirse hasta en ridículos públicos para distraer la atención y “humanizar” a los nuevos actores del poder.

Los rasgos negativos del nuevo populismo son claros y preocupantes: su visión simplificada de la democracia; el desdén por las leyes y las instituciones; la aversión a los contrapesos; la tentación de concentrar el poder del Estado en un líder único; la intolerancia a la crítica y el acoso sistemático a la prensa libre; la polarización de la sociedad; el uso de “mentiras organizadas” para crear realidades alternativas.

Pero hay que reconocer, como lo hemos dichos antes, el populismo se nutre también de un fuerte componente simbólico: el rechazo social a los privilegios de las élites políticas y económicas, un difuso pero poderoso sentido de igualdad, el rechazo a la política y los partidos tradicionales, la fascinación por líderes anti sistémicos.  El populismo abrió una puerta a los que no tenían voz para expresar sus visiones y expectativas y convirtió su frustración en una poderosa fuerza política y electoral.

El nuevo populismo nace de las fallas intrínsecas de la democracia liberal, de reconocer  que las emociones de los ciudadanos cuentan y votan. A la par existe una gran incapacidad de entender y atender a profundidad las razones válidas de la actual insatisfacción de las mayorías.

 

 

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