El sexenio de Enrique Peña Nieto será recordado por el alto nivel de corrupción imperante en su gobierno y una imagen de frivolidad y dispendio.

El voto masivo que obtuvo López Obrador en 2018 obedeció, junto a su figura y su proyecto político, a un gesto de repudio hacia la pasada Administración.

AMLO supo pulsar, como nadie, el estado de ánimo social y generar una narrativa para movilizar electoralmente el hartazgo ciudadano. Maestro de los símbolos, hizo de la “honestidad valiente” un emblema que le dio capital político suficiente para ganar cómodamente los comicios presidenciales.

En el marco de una gestión que no ha resultado del todo afortunada, tanto por limitaciones propias del actual equipo gubernamental como del complicado contexto nacional e internacional por el que estamos atravesando, el Presidente vuelve a enarbolar la bandera de la lucha anticorrupción como un elemento que puede llevarle a recuperar terreno.

En efecto, las cosas no marchan nada bien. La economía mexicana caerá 9% este año, de acuerdo con el pronóstico de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), un organismo al que nadie se atrevería a tachar de “neoliberal”; tan solo en el bimestre abril-mayo se perdieron millones de empleos, no lo dice un vocero “conservador”, lo dice Jonathan Heath, subgobernador del Banco de México (Banxico).

En 2019 se registraron 35,620 homicidios y en los cinco primeros meses de este año, se han contabilizado 14,831 más; 50 mil mexicanos han perdido la vida de forma violenta durante este gobierno, mientras la estrategia de seguridad federal no termina de tomar forma y la presencia de la Guardia Nacional no logra pacificar los territorios más violentos.

37 mil personas han muerto por Covid-19 y los contagios crecen en medio de la reapertura económica, mientras las Naciones Unidas calculan que los fallecimientos llegarán a 90 mil. La pandemia no está cediendo ante la gestión oficial que ha sido cuestionada por su falta de evidencia y del uso de parámetros médicos y científicos.

Por si fuera poco, Morena viene cayendo en las preferencias electorales y no queda claro que pueda refrendar su mayoría en la Cámara de Diputados en 2021. Una encuesta de Alejandro Moreno para el periódico El Financiero (junio 22) destaca que 33% de los mexicanos votaría por Morena y 34% por una coalición opositora. Ya no hay hegemonías claras.

¿Qué se hace en casos como este, qué recomiendan los manuales de gobernabilidad? Pues enfocar la comunicación política a los aspectos del quehacer gubernamental que más valoran los ciudadanos. ¿Y cuál es el único tema que hoy le rinde dividendos a este gobierno? El combate a la corrupción, porque en todos los demás está cuestionado.

Aquí es donde entra la detención y extradición a México de Emilio Lozoya, exdirector general de Pemex, pieza clave en la corrupción del pasado gobierno.

Desesperado por salvarse de la cárcel y salvar también a su madre y a su esposa, se sospecha de haber negociado con las autoridades judiciales mexicanas a cambio de revelar datos y nombres. Se dice que cuenta con muchas horas de video que atestiguan la entrega de dinero a diversos personajes políticos para amarrar su voto a favor de la reforma energética de Peña Nieto, y que proporcionará información sustantiva que conduzca hacia el expresidente y hacia Luis Videgaray, uno de sus hombres más cercanos.

El Presidente puede utilizar el caso Lozoya, violando la autonomía del Poder Judicial, para tratar de recuperar algo de la popularidad perdida, para exhibir la “derrota moral” de la oposición.

La estrategia de símbolos, enfocada sobre todo a la base de la pirámide social, donde se ubica su electorado cautivo, le ha funcionado bien: asegurar que se ha acabado la corrupción, presumir la austeridad personal y la pirotecnia de los corruptos del pasado. Sin embargo, en el fondo nada ha cambiado. Los reportes independientes e internacionales así lo dejan ver.

Si el tema Lozoya no deriva en un juicio imparcial, si no se castiga a todos los culpables, si se vuelve un espectáculo político a modo para los intereses del Presidente, quedará claro que estamos ante un show mediático, una vendetta política, que forma parte de una estrategia electoral.

Mientras tanto, la corrupción seguirá ahí, intacta, ante la falta de voluntad política para combatirla real y frontalmente con instrumentos institucionales efectivos y con la participación de la sociedad civil. Ojalá se impongan la justicia y la verdad, y no las prioridades electorales.

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