La pandemia de coronavirus está generando una convulsión económica sin precedentes.

Desde el inicio de la emergencia sanitaria, pero muy particularmente desde hace aproximadamente un par de semanas, los diarios han estado cargados de malas noticias: cierre de fronteras y aeropuertos, caída en picada de las bolsas de valores, paralización del turismo y el comercio, afectaciones a sectores estratégicos como el aeronáutico y el automotriz, y así una larga lista.

México está resintiendo de lleno el impacto de esta turbulencia, el peso registra su peor nivel histórico: casi 24 pesos por dólar.

El precio de la mezcla mexicana de petróleo cayó a 18.78 dólares por barril, algo que no se veía desde 2002, y muy por debajo de los 49 dólares por barril estimados en los Criterios Generales de Política Económica 2020.

Esto, en un contexto donde el petróleo aporta casi 20 centavos de cada peso de los ingresos públicos, y donde Pemex sigue mostrando una pésima salud financiera (perdió más de 18,300 millones de dólares en 2019).

Además, el gobierno mexicano no muestra voluntad alguna para reabrir terreno a la inversión extranjera, que es la única que puede aportar esos recursos sin los cuales no habrá manera de relanzar al sector energético.

Honda y Audi acaban de anunciar la suspensión temporal de la producción de sus plantas en Guanajuato y Puebla, un hecho relacionado con los problemas de abasto de autopartes chinas y la caída en la demanda. Un durísimo golpe ya que el sector automotriz genera miles de empleos bien pagados.

Muy pronto empezaremos a resentir el apagón en el sector turístico que generó divisas por casi 25 mil millones de dólares en 2019 y del que dependen regiones enteras.

Mientras tanto, siguen a la baja las estimaciones de crecimiento del PIB para el año en curso: Credit Suisse pronostica que México tendrá una contracción de 4% y Goldman Sachs de 1.6%.

De acuerdo con la economista Viridiana Ríos, el efecto combinado de todas las variables anteriores, podría dejar un boquete de 400 mil millones de pesos en las finanzas públicas, lo cual obligará al gobierno a contratar más deuda y, algo fundamental, a cancelar aquellos costosos proyectos cuya viabilidad no está plenamente justificada como la refinería de Dos Bocas y el Tren Maya.

El gobierno está obligado a ser muy responsable, considerando el importante gasto que se requerirá realizar en el sistema hospitalario para la atención de la pandemia de coronavirus.

Enfrentar y superar la crisis económica, exigirá, además, invertir una enorme cantidad de recursos, como ya lo están haciendo de forma destacada los países de la Unión Europea (tan solo España está etiquetando 200 mil millones de euros, 20% de su PIB) y Estados Unidos (850 mil millones de dólares). Incluso Argentina, un país que atraviesa por graves problemas financieros, anunció 5,700 millones de dólares para créditos blandos, exenciones fiscales y apoyos salariales para los trabajadores de los sectores más dañados.

Está a prueba la capacidad de liderazgo del Presidente, un liderazgo que no se demuestra cuando convoca a su gabinete en pleno para instruirle -así lo informó la Secretaria de Economía, Graciela Márquez- a integrar “equipos de trabajo con objeto de analizar el posible impacto económico que tendrá la pandemia de coronavirus” como si se tratara de un trabajo ordinario.

Si seguimos esperando a que llegue la siguiente fase de la emergencia sanitaria para tomar decisiones y actuar con visión estratégica, los costos económicos y humanos serán mucho más elevados.

Es la hora de anunciar un paquete de medidas que permita amortiguar el daño a la planta productiva, particularmente las pequeñas y medianas empresas, proteger el empleo y los salarios, garantizar mínimos de subsistencia a los grupos más vulnerables.

Estamos ante una oportunidad para que la 4T demuestre que puede imaginar e impulsar un nuevo rol del Estado en el crecimiento económico.

Y estamos, también, ante una oportunidad para que el Presidente pruebe que puede dejar atrás la polarización y la confrontación. Que es capaz de utilizar su enorme capital político para unificar al país y dotarnos de fortaleza colectiva para enfrentar los duros tiempos que nos aguardan.

Ése es el Presidente que la hora demanda; ése es el Presidente que todos los mexicanos queremos y necesitamos.

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