Los riesgos del pragmatismo

Para el pragmático sólo es verdadero aquello que funciona, lo que resulta útil para el éxito de sus objetivos.
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En un artículo de José Woldenberg, titulado “Vientos nuevos y brumosos” publicado en el periódico Reforma en diciembre pasado, se afirmaba que los tiempos han cambiado radicalmente, y que la coyuntura política en México (también a nivel global) está dominada, entre otros fenómenos, por un marcado debilitamiento de la fuerza ordenadora de las ideologías.

Conservadores, liberales, democristianos, socialistas y comunistas se han alejado de sus respectivas doctrinas para flexibilizarse y ser políticamente más eficaces. La cara positiva –dice Woldenberg- es que han dejado de actuar como círculos cerrados, tribus, ghettos, para abrirse a otras voces y visiones; la desventaja es que han generado una enorme desorientación en los ciudadanos, que enfrentan cada vez mayores dificultades para tomar decisiones en el marco de políticos y partidos que mutan sus visiones y propuestas de la noche a la mañana.

Hoy se puede ser de izquierda y estar a favor de los equilibrios macroeconómicos, la inversión privada y la apertura a la globalización; se puede ser de derecha y estar a favor de una reforma fiscal redistributiva o de implementar más programas sociales para apoyar a los pobres. Las posturas se han trastocado.

Vemos cómo se impone el pragmatismo, definido como una actitud que busca la eficacia por encima de consideraciones intelectuales, filosóficas, éticas o políticas. Para el pragmático sólo es verdadero aquello que funciona, lo que resulta útil para el éxito de sus objetivos.info_prag-02-02-02

El pragmático no se desgasta construyendo visiones de futuro, para él no hay mañana, vive con el periódico del día; no le interesa invertir esfuerzos en diseñar complicados programas de gobierno que exigen análisis científico, conocimiento profundo de los dilemas públicos. Para qué tronarse los dedos, cuando lo más sencillo y políticamente rentable es dejarse llevar por la corriente colectiva y decirles a los ciudadanos lo que éstos quieren oír, aún y cuando esto sea irrealizable o insostenible en el tiempo. El riesgo del pragmatismo es que pueda transformarse en demagogia o, peor aún, en populismo.

El pragmatismo está presente en todas las fuerzas políticas, y ha sido llevado a tal extremo que muchas veces ha terminado por desdibujarlas, las ha vuelto irreconocibles. Y mientras los partidos pierden su rostro y se debilitan, ganan fuerza los líderes. El predominio del carisma personal de los candidatos (real o inventado) sobre los partidos como organizaciones hechas de andamiajes institucionales, programas, valores y principios éticos y políticos, implica serios riesgos.

El líder se pone por encima de su organización; monopoliza la comunicación; se distancia cada vez más del perfil de su fuerza política para buscar atraer los votos de otros segmentos del espectro político; pacta con todos, incorpora a todos sin importar biografías y credibilidades públicas; su oferta política se vuelve cada vez más difusa y menos reconocible. El líder pragmático llevado al extremo me recuerda aquella frase del famoso

humorista Groucho Marx: “Estos son mis principios. Si no le gustan… tengo otros”. Sí, el pragmatismo puede ser eficaz, ayudar a ganar elecciones, pero hay que ver más allá.

Los líderes no deben olvidar que ellos son efímeros, que están hechos de tiempo, y lo que prevalecen son las estructuras organizativas, los partidos, que son el vehículo para la conformación de la representación ciudadana en toda democracia. De ahí la necesidad de cuidar las instituciones.

¿Cómo evitar que el pragmatismo y la creciente preeminencia de liderazgos carismáticos
conduzcan al envilecimiento de la democracia y la perversión de la política?

Como dice el consultor venezolano Mauricio de Vengoechea, “no todo se vale en la política”. Quien se mete a la política debe estar infundido de una enorme responsabilidad. “Debe entender que gobernar es administrar lo público. Se gobierna para trascender, transformar a una sociedad, dejar huella”. No se vale entrar a la política sólo para manipular y persuadir, por una simple ambición de poder.

Quien se mete a la política debe entender a los ciudadanos, sus anhelos y sus demandas, y traducir eso a la política para que su oferta responda a esas necesidades.

Ojalá nuestros políticos entiendan estos imperativos éticos para que, lo que surja de la elección del 2018, sea un mejor gobierno. Un gobierno que trabaje por la gente con una firme apuesta por el cambio, sí, pero con responsabilidad y respeto a los valores y principios de la democracia.

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